Extracto
Con gran alegría nos reunimos en esta noche para celebrar y dar gracias a Dios por el don que ha concedido a la Iglesia en la persona de San Josemaría, conocido como el santo de lo ordinario.
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Las tres lecturas que acabamos de escuchar nos invitan a reflexionar sobre alguna de las enseñanzas más importantes del legado de San José
María. La santificación del trabajo, la afiliación divina del cristiano y el apostolado.
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Es en el trabajo bien realizado donde el hombre se convierte en el signo visible de la providencia de Dios que manifiesta su cuidado amoroso por la creación.
Esto es lo que San Josemaría predicó constantemente. El trabajo ordinario es lugar de encuentro con Dios. Es lugar de santificación para uno mismo y para los demás. Encontrar a Dios en nuestras labores profesionales cotidianas exige, por tanto, realizar nuestro trabajo con la mayor exigencia y perfección para ofrecerlo al Señor como ofrenda agradable.
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La filiación divina es la base de toda la predicación de San Josemaría. La conciencia de que somos hijos de Dios impulsa al cristiano a un total abandono en la providencia divina, a una total confianza y sencillez en el trato con Dios, en la oración diaria, un profundo sentido por la dignidad de todo ser humano y la fraternidad entre todos los hombres. Además, un amor cristiano al mundo y a las realidades creadas por Dios y un sereno optimismo.
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Como recordaba San Josemaría, todos estamos llamados a ganar almas para Cristo en medio del trabajo diario, hacer que los demás encuentren a Cristo y se unan a él en el día a día, sea en el colegio, sea en el
trabajo de ser profesores o en el trabajo de ser estudiantes, sea en el trabajo que cada uno desarrolla, pues todos estamos llamados a ser santos y a compartir a través de nuestro testimonio de vida la fe, esta devoción, este deseo de seguir a Jesucristo, de confiar siempre en él a pesar de las dificultades.